México: Los incordios de la "democracia" (III y último)

agosto 28, 2006

México no es sólo el Distrito Federal, aunque algunas veces los medios de comunicación se confundan y planteen los problemas locales como de ámbito nacional.

Si bien años (¿siglos?) de tradición centralista han establecido que los grandes movimientos políticos y sociales tengan como escenario la capital del país, el desarrollo de otras regiones ha creado polos y hasta zonas alternativas, que están relativizando el papel del DF, incluso en el ámbito económico. (No hay que olvidar que 21,8 del PIB lo aporta la “capirucha”, como cariñosamente se le denomina al DF, y tampoco que los principales candidatos a la presidencia provienen del “interior de la República”, expresión centralista como ninguna).

Dicho esto, fuera del Distrito Federal, el conflicto poselectoral se ve como algo lejano, ajeno a las preocupaciones reales de la gente, y hasta con algo de hartazgo. Todos los días uno abre el periódico, escucha la radio o ve la televisión y siempre hay alguna novedad en torno al conflicto.

La diferencia con respecto a otros conflictos anteriores es la posición extrema de los medios. Sobre todo en la radio, la sensación es que hay decenas de Jiménez Losantos, pero centrando sus invectivas contra AMLO y los perredistas.

Con mayor o menor mordacidad, con mayor o menor elocuencia, con mayor o menor cinismo, pero con igual rabiosidad, decenas de locutores radiofónicos aprovechan cualquier ocasión para denostar a los líderes y partidarios del PRD.

Pero ni la TV ni la prensa se libran de tener a sus propios Federicos y eso ha llegado a promover la apatía y el hartazgo entre la población, más preocupada por temas más cercanos e inmediatos que no han podido ser solucionados con eficacia por los gobierno central, estatal o local.

Los exabruptos de López Obrador, advirtiendo que se autoproclamará presidente indepependiente del fallo del TRIFE, y Fox, reconociendo por adelantado a Felipe Calderón como vencedor de las elecciones presidenciales, son declaraciones que han acabado por provocar más sonrisas que preocupación entre la población.

Algunos se toman con humor la situación de tener 3 presidentes conviviendo al mismo tiempo: AMLO (autoproclamado), Fox (en funciones) y Calderón (electo).

“Sólo en México”; “Regalamos Presidentes, pregunte aquí”; “Adopte un presidente”…

Todo esto podría provocar alguna carcajada, sino fuera porque el fondo del asunto es de una seriedad preocupante.

Los incordios de la democracia en México están dando como resultado, no sólo la molestia y las pérdidas económicas originadas por las movilizaciones perredistas en el Distrito Federal, sino la fragilidad de las instituciones que tenían que dar certidumbre a la elección, una crisis de credibilidad de los medios debido a un posicionamiento extremo en contra de uno de los partidos en liza y un traspaso de poderes que deja minada la capacidad de interlocución (y por tanto de gobernabilidad) al gobierno que entre, cualquiera que sea.

Pero, como tampoco me considero un catastrofista, sé que se trata de un periodo convulso que llegará a buen puerto, no por los políticos, sino por la estóica y pacífica ciudadanía mexicana, que obligará, con su civismo, paciencia y trabajo, a que el país no pierda el rumbo ni se enrede con mesianismos o salidas en falso, pero tampoco dará cheques en blanco a quienes asuman la responsabilidad de gobernar, aunque esto implique tener que soportar nuevamente de algunos incordios para evitar los excesos en el ejercicio de gobernar.

Basta recorrer el país para darse cuenta de que la nación está tranquila y trabajando, pero también consciente, politizada y vigilante.

México, en la configuración de su propio camino hacia una democracia plena, no tiene que aprender de nadie y sí puede dar con orgullo una muestra al mundo de cómo puede llevarse a cabo una transición pacífica de un sistema de partido único, sin fuerzas centrífugas que amenacen su viabilidad futura y con la creación de condiciones que pueden sentar las bases de una prosperidad futura.

Si un país tiene el gobierno que se merece, México se merece uno que trabaje y resuelva con valentía y determinación sus problemas, que reconozca y concilie a una población enfrentada políticamente, en suma, que sepa reconocer la oportunidad histórica que se le presenta para convetir al país en un actor importante en la escena internacional, y, lo más importante, en protagonista de su propio destino.

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